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OPINIÓN

Veinte años de Bolonia

El autor hace un balance crítico de la reforma educativa europea por las trabas burocráticas, el criterio economicista y la dificultad de la empleabilidad

Alejandro Navas

13/06/2018 a las 06:00
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  • Alejandro Navas

París 1998: los ministros de educación de Francia, Alemania, Italia e Inglaterra, reunidos en La Sorbona, hacen un llamamiento para la creación de un espacio educativo europeo. La idea cobraría forma un año después, en Bolonia. La ambiciosa reforma iba a poner al día la anquilosada institución universitaria, para adecuarla a las exigencias de un mercado laboral en transformación. El cambio giraría en torno a dos ejes, movilidad y empleabilidad. Había que proporcionar a los graduados universitarios las “competencias y habilidades” necesarias para afrontar los retos del siglo XXI. Como se trataba de un proyecto destinado a dejar una profunda huella, los gobiernos renunciaron a su habitual cortoplacismo y se dieron un plazo de diez años para llevarlo a la práctica.

Al cabo de veinte años, representantes de los países implicados en la reforma se han vuelto a reunir en París. El propósito era inicialmente festivo: se trataba de celebrar los éxitos de la iniciativa, algo que gusta siempre a los políticos. Pero entre los delegados de los cuarenta y ocho Gobiernos afectados -en su mayoría, ministros de educación- se advertía poco entusiasmo. Más bien habría que hablar de pesimismo, decepción e incluso fracaso. La desmesurada extensión de la reforma ha invalidado de raíz la misma noción de espacio común europeo. Resulta ingenuo pensar en un marco homogéneo que abarca desde Portugal hasta Armenia. Además, las circunstancias políticas son muy diferentes de unos países a otros: en Turquía, por ejemplo, no existen libertad de cátedra y de investigación y los científicos que no complacen al régimen acaban en la cárcel.

Durante muchos años los políticos y las autoridades educativas nos hablaron de Bolonia como “reto y oportunidad”. Esa expresión, repetida como un mantra, parecía bastar para conjurar los obstáculos y crear una nueva cultura, capaz de destilar las competencias y habilidades con las que nuestros jóvenes iban a conquistar el futuro. El comunicado final de la reunión de París -que curiosamente tuvo lugar en la antigua sede de la Bolsa- refleja un clima de opinión muy distinto. Los dos gruesos volúmenes de documentación que lo acompañan certifican la muerte del economicismo inspirador de Bolonia durante estos veinte años. Por vez primera se menciona algo tan básico como la formación o la maduración personal e intelectual de los estudiantes. Se reconoce que la tarea educativa debe trascender los estrechos límites de la tecnocracia economicista, lo que exige un enfoque político. El ministro de Educación griego, Konstantinos Gavroglou, declaraba que “Bolonia no es un proyecto técnico”. La ministra francesa, Frédérique Vidal, exigía una vuelta a los valores humanistas. Alemania aplicó la reforma por la vía rápida y concienzuda, como corresponde a su idiosincrasia, y con abundante experiencia disponible certifica hoy en día su fracaso: la movilidad ha disminuido, en buena parte debido a las trabas burocráticas, y el mercado no acaba de aceptar el título de bachelor, lo que cuestiona el otro pilar de la reforma: la empleabilidad. La representante de Holanda proponía la vuelta a los genuinos valores de Bolonia, que no son económicos. Si esto es así, ¿cómo se justifica la deficiente aplicación de la reforma durante esos veinte años? Alguien tendría que explicarnos lo ocurrido.

El comunicado de París quiere recuperar los “valores fundamentales” y exhorta a las universidades a cobrar conciencia de su misión para que puedan influir más en la sociedad. Buenos deseos, sin duda, que no acaban de concretarse. La conciencia de las agudas diferencias entre los diversos países ha replanteado la viabilidad de una Europa de dos velocidades en el ámbito educativo. No se ha profundizado en esta posibilidad, aunque su formulación implica el entierro del espacio común europeo. Más apoyo recibió la propuesta de Emmanuel Macron: reforzar la unidad europea mediante la creación de redes de universidades. El Gobierno francés está dispuesto a dedicar a este objetivo cien millones de euros durante los próximos diez años. La idea de estimular el trabajo en los cimientos fue bien recibida, aunque enseguida surgieron disputas sobre los organismos encargados de su ejecución: ¿Los gobiernos nacionales? ¿La insustancial Comisión Europea de Educación? ¿La potente Comisión de Investigación?

Reconocer el fracaso de Bolonia constituye el primer paso para regenerar la universidad europea, y en este sentido la reunión de París significa un alentador punto de inflexión. Pero de momento no tenemos más que algunas declaraciones tan bienintencionadas como genéricas. Aun contando con la mejor disposición por parte de los gobiernos, lo que no conviene dar por supuesto, resulta difícil avanzar con pautas específicas. Y es una lástima que las propias universidades brillen por su ausencia en este debate: hace tiempo que se enterró el ideal de la autonomía universitaria; lo grave es que a gran parte del profesorado no parece disgustarle que la burocracia estatal haya tomado el mando. 

Alejandro Navas García es profesor de Sociología de la Universidad de Navarra