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Aniversario

175 años del IES de Pamplona: Evocación de cuatro profesoras

En estas cuatro profesoras -de las que solo Josefina García Gainza vive (por muchos años)- queda reflejada una parte de la historia del Instituto

Instituto de Enseñanza Secundaria de Pamplona.
Archivo
  • Javier Gallego
17/11/2020 a las 23:36

La conmemoración de los 175 años del Instituto de Enseñanza Secundaria de Pamplona es una buena ocasión para avivar los recuerdos de los años pasados en él y homenajear a sus profesores.

Yo llegué en el curso 1970-71 al que entonces se llamaba “Instituto masculino Ximénez de Rada” asentado en la mitad oeste del hoy “Instituto Plaza de la Cruz”. La otra mitad del edificio la ocupaba el “Instituto femenino Príncipe de Viana”. Todavía ese curso (el último ya) eran los únicos centros públicos de enseñanza media existentes en Pamplona.

Por ser un instituto masculino, estrictamente separado del femenino (un famoso muro dividía el patio), hasta los conserjes (bedeles se llamaban todavía) eran también hombres. Sin embargo, en aquel mundo de varones había algunas excepciones femeninas: el personal de limpieza (las extremadoras) y una parte del profesorado eran mujeres. Hoy quiero evocar, sin grandes pretensiones, a cuatro mujeres de aquel instituto a las que yo, alumno de letras, tuve la suerte de tener como profesoras.

La primera, por orden de antigüedad, es Josefa Cereza, catedrática de Latín en aquel instituto desde que aprobó las oposiciones en el lejano 1943. Era aragonesa, había estudiado en Zaragoza, creo que primero Magisterio y posteriormente la carrera de Letras. Gran aficionada a la música, tocaba el piano. Mantenía todavía las formas de los viejos catedráticos: el trato de usted al alumnado, un considerable distanciamiento y una gran exigencia. Cuando me dio clase a mí ya era mayor y no tenía mucha paciencia, pero sin embargo era una buena profesora con la que se podía aprender no solo el latín sino las formas de estudiarlo. A diferencia de la mayoría de los profesores de esa materia, los textos que mandaba traducir eran previamente explicados, subrayando sus construcciones sintácticas, sus peculiaridades de vocabulario, de manera que el alumno podía aprender a traducir y no lanzarse a la aventura de trasladar palabras “a golpe de diccionario”, como ella misma decía. Otra de sus aportaciones era la realización de esquemas que recapitulaban los conocimientos teóricos de morfología y sintaxis. Más que a memorizar, incluso las declinaciones y conjugaciones, invitaba a entender y a descubrir la lógica existente en la gramática.

Inés Martín era catedrática de Francés y había llegado al Ximénez de Rada en 1962, según creo el mismo año en que sacó las oposiciones, todavía muy joven. Castellana de origen, madre de familia numerosa, en los años setenta sacó tiempo para ocupar cargos directivos: fue jefe de estudios y a partir del curso 1975-76 la primera directora del Instituto Ximénez de Rada. A ella le tocó pronunciar una frase que se hizo célebre. El 20 de noviembre de 1975 anunció por la megafonía: “Como ya sabéis ha muerto el caudillo y se suspenden las clases. Os ruego que no exterioricéis vuestra alegría”. Su estilo era ya algo diferente: nos trataba de tú, contaba algunas cosas personales, en su clase se hablaba de algunos temas de actualidad… En lo académico introdujo las audiciones en clase: con un tocadiscos portátil, luego con un casete, se escuchaban las canciones de los cantautores franceses para acostumbrar el oído a la lengua francesa. Una gran novedad, en una época en la que el aprendizaje de los idiomas era fundamentalmente libresco.

Aunque había llegado al Ximénez de Rada algo más tarde, en 1965, Josefina García Gainza también había sacado las oposiciones en 1962, pero su primer destino fue Huesca. Natural de Pamplona y catedrática de Filosofía, años más tarde realizó su tesis doctoral sobre Heidegger. Su gran preocupación era no enseñar solo Filosofía sino enseñar a estudiar, lo que hoy sería lograr la “competencia básica de aprender a aprender”. Sus clases eran interesantes, con cambios de actividades, con diferentes técnicas para que aprendiéramos no solo a memorizar, sino a razonar, subrayar, esquematizar, argumentar, tomar apuntes. Las concebía como una preparación para la universidad. Como otros profesores, nos trataba de usted y mantenía la disciplina con su sola presencia: tenía la autoridad que da demostrar el dominio de la materia, saber mantener el interés y actuar con equidad y moderación.

Carmen Asensio llegó al Ximénez de Rada en el curso 1975-76 como catedrática de Geografía e Historia. Había estado en los inicios del instituto de Irubide, aunque su plaza estaba en Oñate. Era también de Pamplona, hija de un famoso maestro, y ella misma comenzó por estudiar Magisterio. Poco después fue una de las primeras alumnas de Historia de lo que luego sería la Universidad de Navarra y fue autora de la primera memoria de licenciatura de Historia Medieval leída en esa universidad (la primera, también, que dirigió el profesor Martín Duque). Carmen Asensio aportó al instituto dinamismo y un aire menos encorsetado. Nos trataba de tú, contaba anécdotas de sus viajes, permitía una relación algo más informal (siempre dentro de un orden). Su materia favorita era la Historia del Arte en la que utilizaba siempre diapositivas, de modo que las clases eran prácticas y participativas. Daba también apuntes en el famoso ciclostil (todavía no había llegado la era de las fotocopias) que exigía un considerable trabajo al profesor y que no siempre se leía bien. Sus clases eran amenas y tenías la sensación de aprender. Pero quizás su gran aportación fueron los viajes y excursiones. Inolvidable aquel viaje de estudios a Salamanca en sexto de bachiller o las excursiones a Burgos y Zaragoza. Eran verdaderos viajes de estudios en los que veíamos infinidad de obras de arte y para muchos eran, también, la primera salida de nuestro entorno.

En estas cuatro profesoras -de las que solo Josefina García Gainza vive (por muchos años)- queda reflejada una parte de la historia del Instituto. Ellas vivieron -de alguna manera- el cambio de aquella enseñanza media a la que accedían solo algunos alumnos, con un instituto por provincia y en la que el catedrático era una figura prestigiosa, a una enseñanza secundaria generalizada, con multitud de centros y en la que ser profesor es una profesión más. En tiempos no fáciles -como todos- ellas volcaron su vida en la enseñanza, fueron innovadoras, estuvieron lejos de las caricaturas que, a veces, se presentan sobre la enseñanza de aquella época y dejaron su huella, al menos en algunos de sus alumnos. Al terminar esta evocación no puedo sino darles las gracias por su labor.